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La Ronda de Uruguay: “Buscando el crecimiento de la Gran Aldea”

Publicado: 03/12/2011

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El proceso de liberalización de los mercados nunca resultó una simple tarea, y por momentos parecía una meta inalcanzable, un sueño que nunca tomaría la fisionomía propia de la realidad socio-económica internacional. 

Luego de realizarse ocho rondas de negociación con el principal objetivo de lograr la apertura incondicional de los mercados internacionales, se percibía una sensación de desilusión, una desilusión demasiado real, demasiado cruda. Finalmente el GATT, visto desde una perspectiva plana y errónea, parece haber querido luchar desde su nacimiento contra el principal anhelo del hombre, desde que éste existe: Lograr la propia subsistencia.

No se trata de cuántas rondas de negociación se organicen para lograr la apertura de los países a un comercio libre y más ecuánime, sino más bien de la mentalidad de los responsables de dicho proceso. La pobreza, y la indignante condición de desigualdad económica, social y cultural en la que viven hoy  la gran mayoría de los habitantes del planeta, indican que es necesario un cambio de mentalidad. Es necesario dejar de pensar de manera egoísta e individualista y comenzar a pensar de un modo más integrador, donde entendamos que la globalización no consta de un proceso en el cual intervienen los países donde las expectativas económicas son admirables, y donde el desarrollo es una realidad palpable. La globalización es un proceso de integración en el cual todos los países deben ser tomados en cuenta, sean estos llamados desarrollados o no. Se trata de integrar las fortalezas propias, potenciándolas; pero también consta de integrar las propias debilidades, tratando de disolverlas poco a poco. Éste es el verdadero espíritu del GATT, y este objetivo es pertinente con la situación por la que atraviesa el mundo.

Si los gobernantes de las naciones realmente creen que el libre comercio, aplicado de manera global y transparente[1], promueve las bases para construir un desarrollo de todos los países por igual, es necesario asimilar esta realidad y dejar de lado los intereses egoístas que benefician a una a sólo una de las partes, minando la propia estabilidad económica a largo plazo. Como ha sido demostrado innumerables veces el sistema económico mundial, tarde o temprano, pasa factura[2]. El principal argumento de los defensores del libre comercio se fundamenta en que si el mundo está íntimamente interconectado a nivel económico y financiero, es necesario garantizar un bienestar económico general, para poder augurar un desarrollo global e individual.

 Si pensamos en el mundo como aldea y en nuestro país como una casa podemos suponer que si queremos que en nuestra casa las cosas funcionen, debemos procurar que en nuestra aldea existan condiciones ecuánimes de bienestar, ya que todos los habitantes de la aldea están conectados entre sí, y el resultado de las acciones de cada uno de los habitantes influye en la situación de los demás habitantes de manera determinante.

Del mismo modo es de gran importancia comprender el beneficio global de procurar el bienestar y el desarrollo de toda la estructura económica internacional, logrando así la estabilidad económica perdurable, en beneficio de toda la “aldea global”.

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  [1]El principio de la globalidad y de la transparencia en las relaciones comerciales fueron los que rigieron la fundamentación de la Ronda de Uruguay (1986-1993). Cfr.: Delfo Tomislav Gastelo Miskulin, “Ronda de negociación de Uruguay”.

[2]Entre los muchos casos podemos citar la gran depresión de 1929, El efecto Tequila (1994), la gran crisis financiera internacional (2008). La globalización, como se dijo anteriormente, no sólo expande y potencia las fortalezas, sino también las crisis y las depresiones económicas.

Sobre el autor - Ariel Paul

Ariel estudió filosofía en Roma-Italia, actualmente estudia Negocios Internacionales y se desempeña en el sector del comercio internacional.

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